Jazz's Things

martes, febrero 08, 2005

Hay medio segundo en que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.

Muchos viajes empiezan así.

El traqueteo, grave, bajo sus pies, el zumbido de la calefacción, las voces de los demás pasajeros, espaciados. El asiento vacío a su lado.

Las nubes más opacas estaban a su derecha, tapándole el sol. Aún así le devolvía el saludo como podía, aprovechando los trozos menos densos.

Faltaba un rato para que su ventana se pusiese interesante. Todo ese paisaje ya se lo sabía.

Aprovechó para escribir un poco.

Estaba en el tren, camino de unos amigos. De ellos y su pequeña de cuatro años, con la que pasearía por la ciudad mientras ella se escondía detrás de su chaqueta y él fingía buscarla.

Camino de las risas, de las buenas conversaciones, de los libros, de un poco de vida en un espacio distinto durante tres días.

Iba, en definitiva, a disfrutar de una calidad humana que, vivido lo vivido, sabía valorar.

Ese viaje era, de algún modo, un punto y aparte.

Consolidar unas cosas y dar otras por perdidas. Esos puntos cierran un párrafo y, de no ser finales, nos dicen que algo viene después.

Pensaba en todo esto cuando el sol empezó a saludar más fuerte.

Lo iba consiguiendo, no iba a ganar, claro, esas nubes eran bastante feas. Aún así luchaba, porque eso es lo que hace.

Aunque te lo tapen sigue estando ahí.

Eso le gustaba.

A la voz que acababa de anunciar la primera parada no le hubiese venido mal un poco de café. De hecho, perdió unos segundos decidiendo qué le gustaba menos, si el ruido que se escuchaba justo antes de que hablase o la voz en sí.

Al final lo dejó en tablas y se dedicó un rato a mirar por la ventana.

Esa parte ya no se la sabía.

Los graffiti que imaginaba eran bastante mejores que todo eso que ensuciaba las paredes por las que iba paseando su mirada. Bastante mejores.

Demasiada cantidad y poca calidad, pensó, como las personas.

Tomó nota de ello.

En su cuaderno.

Acomodado ya en su situación de viajero recordó que no había desayunado.

La idea de desayunar en un tren se le antojó divertida, y como le encantaba divertirse, se lanzó a ello.

Cruzó un par de vagones y llegó a la cafetería.

Pidió un café con leche y preguntó a la camarera si su parada era la última o si tenía que estar atento, por aquello de dormir tranquilo, le dijo.
Ella le informó de que era la última y él le dio las gracias. Se quedó un rato en la barra disfrutando del café y mirándolo todo como solía hacer cuando no estaba haciendo nada especial.

Llegó una mujer y preguntó a la camarera, auténtica equilibrista no reconocida, si desde su parada de destino había muchos trenes hacia Dios sabe dónde.
La camarera no parecía estar muy segura. Aún así, apoyándose en la lógica, argumentó a favor de lo normal que sería que sí los hubiese.

Él dio un sorbo a su café y dijo:

Todo dependerá de la urgencia de su viaje.

La mujer se acercó y le miro con una media sonrisa, esperando escuchar el resto de su explicación.
Así que continuó:
Si es muy urgente tendrá pocos y saldrán tarde. Si no es urgente, tendrá todos los que quiera.

Dio otro sorbo a su café.

La mujer le sonrió y asintió. Tenía unas bonitas arrugas.
La camarera no dijo nada y siguió haciendo equilibrios, tratando de moverse como si no estuviese en un tren. Él acabó su café y se marchó

Cuando volvió a su asiento hubo otra parada y pudo disfrutar, de nuevo, de ese medio segundo en el que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.

Es un momento en que las cosas parecen ser como no son.

Esos instantes definen la realidad por oposición a ésta.

Escribía sobre todo eso cuando el padre del niño que se sentaba unas cuantas butacas detrás dijo:

Mira, el mar.

Aunque no se lo dijo a él, decidió que no estaría mal pegarle un vistazo, así que volvió a mirar por la ventana.

Le gustaba el mar y había que reconocer que esa parte tenía muy buena pinta. El problema está en que siempre se acordaba de la vez que lo vio desde el aire, con toda esa mancha marrón en la costa. Nadie lo diría, visto desde la ventana.

Momentos en los que las cosas parecen ser como no son.

Hubo otra parada enseguida.

Se fijó en que el sol, contra todo pronóstico, había vencido.

Ni rastro de nubes.

Las había dejado atrás.

Empezó a notar el café. Le había sentado bastante bien. Sólo había dormido dos horas y media.

El motivo fue una conversación de esas que guardaba como si fuesen oro. El oro del alma. Pensó unos segundos en todo lo que dijo y en todo lo que escuchó y afirmó para sí mismo que había valido la pena dormir poco.

Quizá algún día se lo dijese a ella.

La falta de sueño le daba una ligera sensación de irrealidad que le vino bien para su primer día de viaje. Iban a ser tres, tres de los buenos.

Lo fueron.

A fin de cuentas, esto era sólo el tren.

Lo bueno empezaría después, así que le pegó otro buen vistazo al mar.

Fue entonces cuando una niña decidió saludar a un avión, bien fuerte, para que los de arriba la escuchasen.

Él Sonrió.

Ya estaba llegando.