Aquella pandilla de efebos y ninfas aspirantes a actores llevaba “papa rico, yo hippie” tatuado en el alma.
El problema era que no lo sabían.
Aún así, tenían sus momentos.
-Llegas tarde-, dijo.
-El tiempo se me ha adelantado, ha sido una jugarreta cuántica, cosa de los taquiones, yo nunca tardo-.Contesté.
La dejé con la palabra en la boca y subí a la biblioteca.
Patricia tirada en algún banco, estirándose como un gato, Un chico mirándose en el reflejo de una de las vitrinas con papeles que había en el primer piso repitiendo que él no era como su padre, en distintos tonos, dos alumnas haciendo respiraciones en la escalera y una tercera usando la barandilla como barra de ballet. Es decir, todo en orden. Pan nuestro de cada día dánosle hoy.
Descojonándose alrededor de una radio.
Me encantaba ser simpático por aquel entonces.
-Ya verás, ya-. Dijo.
Y se marchó.
Hola, dijeron algunos.
Escucha esto tío, y le dieron al play.
Uno de esos, nocturnos, dónde la gente llama a contar cosas y se abren diferentes hilos de reflexión, o de silencio, sobre los temas tocados en las llamadas. Una locutora y personas sin nada mejor que hacer.
Si hubiese tenido un tomo de más de mil páginas en mis manos, se lo hubiese dejado caer, accidentalmente, en el pie.
En la radio una voz parecida a la suya, saludaba a la locutora.
La locutora le devolvió el saludo y comenzaron a charlar.
Pasaba muchas horas sola y siempre escuchaba el programa; todas las noches.
Cuando dijo lo de “me gusta mucho tu programa”, uno de los alumnos dio una palmadita en la espalda a la de la risita tonta y le guiñó un ojo. Ahí has estado bordada, dijo.
En la radio hubo una pausa.
Varios alumnos hicieron explotar una risa en el interior de su boca, sin abrir los labios, dejándola salir por la nariz.
Me siento muy sola, dijo; Y comenzó a llorar.
Esta vez la risa explotó fuera.
Yo les miré y sentí la imperiosa necesidad de poseer un lanzallamas.
Entonces el llanto aumentó.
La locutora trataba de consolar a la mujer que, entre sollozos, hablaba de cómo las paredes se la comían viva, de todas esas horas sola, sin una amiga con quien hablar. Contó que su perro había muerto hacía tres meses y no se animaba a comprar otro porque sabía que no sería lo mismo.
Buen detalle, dijo alguien.
Ella quería a su marido, sabía que él la quería también, que hacía todo lo que podía para darle una vida mejor, pero no podía evitar sentirse abandonada. Abandonada repitió, rompiendo cada sílaba en su garganta, rascándola. Llorando, gimiendo, sorbiendo los mocos.
La alegre pandilla acababa de tomarle el pelo a una buena mujer.
Trabajaba de camionero.
Su expresaba de forma bastante torpe, como alguien que, aunque ha visto mundo, lo ha visto desde la cabina del camión.
Dijo que había aparcado en la primera parada que pudo encontrar.
Había pensado en su mujer, en todas las horas separados, en todos esos años y en lo imposible que era cambiarlo.
Yo no sé hacer otra cosa, decía. Llevo en esto desde los diecinueve. Quiero a mi mujer, yo quiero a mi mujer. Paró un instante y siguió. Sé que el marido de esa señora que ha llamado la quiere. El hombre empezó a llorar.
Paré la radio.
Alguien estaba comentando con la chica algo sobre los sollozos, una forma de inspirar que los hacía más sonoros. Con ejemplos. El resto se reía e ideaba nuevas llamadas.
Fueron dispersándose y me quedé solo.
Cogí un libro al azar, y lo abrí, por el mismo procedimiento.
El párrafo decía que el arte carece de moral, que es una cuestión de forma.


0 Comments:
Publicar un comentario en la entrada
<< Home