Jazz's Things

lunes, noviembre 22, 2004

18-11-04


Fue hace un año, en una madrugada igual que esta.

Elisabet dormía a mi lado. No era mi novia, pero dormía a mi lado. No lo entenderás si no lo has vivido, así que no le des importancia.

Dormíamos juntos, y mi teléfono sonó.

Dani, en la otra habitación, se incorporaba un poco para escuchar qué ocurría.
Ernesto, el hombre que se casó con mi madre, el hombre que supo sacar lo mejor que esa difícil mujer tenía en su interior, me hablaba desde el otro lado. Mi madre había muerto.

Recuerdo que hacía frío.

Lo recuerdo en mis mejillas, cuando caminábamos hacia mi casa, no la casa en la que vivo, mi casa; la casa de mi madre. Hacía frío, sí, y me daba igual.

Recuerdo el llanto silencioso de Elisabet, cómo se abrazaba a Dani mientras caminábamos.
Él trataba de permanecer firme, aunque todo en su expresión anunciaba estar viviendo algo irreal.

Recuerdo despedirme de Elisabet, en su patio. Aún no vivíamos juntos. Una cosa fría y dura disfrazada de hombre despidiéndose de ella. Recuerdo la pena que me dieron sus lágrimas. Por mí, lloraba por mí. Después me dio un tiempo perfecto que curó todas mis heridas.
Equilibrio.

No sé qué pretende el Universo con todo esto, dije.
Y los dos bajaron la cabeza y Dani apretó la mandíbula y Elisabet tragó pena con los ojos cerrados.
Sólo tengo veintisiete años, dije, sólo veintisiete.
Lágrimas en mis ojos.

Sin padre, sin madre, sin mentiras que me den aliento, sin nada de lo que tú puedes usar para seguir diciéndote que todo está bien, que todo encaja, que tiene sentido. Despierto. Te lo estoy contando, aunque sé que no lo puedes entender, pero nunca podrás decir que no te lo he contado.

Llegué a la casa y estaba abierta.
Los dos policías de la entrada me vieron, ni siquiera les saludé, tan sólo les miré a los ojos y bajaron la mirada.
Entré a la habitación y estaba allí, muerta. Esa cosita frágil que había sido mi madre.

Tan pequeña, pensé, es tan pequeña…

Muerte. Todos, tarde o temprano, acabamos así.
Sin un final no tendríamos sentido.

Me acerqué a ella y Dani me miró desde el umbral. Podía escuchar la estática de sus pensamientos, y la de los policías, y la de Ernesto, y la de los médicos.
Mi conciencia abarcaba una manzana entera y no me importó, por primera vez, no ser como todos. Me daba igual. Empezó a darme igual ese día.

La besé.

En la frente, un pequeño beso mientras acariciaba su cabeza.
Está todo perdonado, dije.

Y lo estaba.

Sentí el tacto de su pelo por última vez, entre mis dedos. No había nada ahí dentro esperándome para decir adiós.

Eso es lo que queda.

En el crematorio, tras la ceremonia, di mi primer paso. El primero de verdad.
Aún retumbo con él. En esta historia hay muchas cosas mezcladas.

Recuerdo estar cansado aquel día y apoyar mi cabeza en el hombro de Elisabet.
Las miradas de aprobación cuando cogió mi mano. La flor que nace en el desierto.

Algunas personas son arcoiris en medio de las tormentas que te lo arrancan todo.

La noche anterior cogió mis manos y apoyó su frente en la mía. Por primera vez en meses, no me sentí solo. Ese momento es otra de las muescas que llevo en el alma.
Las lágrimas de Elisabet se convirtieron, con el tiempo, en uno de los motivos para amarla. Su forma de curar mis heridas, su honestidad.

Lo que no podré volver a vivir, lo viví con ella.

Se ha ido a su país sin poderle agradecer todo lo que hizo por mí, sin poderle llegar a explicar lo importante que fue que estuviese allí; en ese momento que no se repetirá jamás. Lo he intentado, pero sé que nunca seré tan bueno con las palabras como para hacérselo entender.

Aún así sigo probando, día tras día.
Creo que se lo merece.

Ernesto se derrumbó, sé que yo estaba a punto de conseguirlo, iba a llorar, a llorar de verdad, iba a llorar tanto que no quedaría nada de mí que no fuese pena. Podría haber partido el planeta por la mitad con una sola lágrima, pero Ernesto se derrumbó y mi pena se convirtió en dos brazos sujetándolo. Un joven anciano sujetando a un anciano joven. De nuevo la ironía.

Ahora, aquí, solo, con Elisabet a miles de kilómetros y nuestro tiempo perfecto concluido, con Dani viviendo su vida, con mi tregua con el Caos rota, con todas esas personas ahí fuera durmiendo tranquilas, con algunos amigos menos, con todo eso, sonrío al chico cansado que se mira en el espejo, ese que ya casi me cae bien, y le digo que así es la vida, que no se preocupe, que aunque hoy hace un año, estoy bien.

Y como una especie de gesto noble entre iguales, antes de irse a dormir, me guiña un ojo y yo, educado, le devuelvo el guiño.