Jazz's Things

lunes, septiembre 20, 2004

Si eres nuevo en esta web, te aconsejo leer primero cualquier otra cosa en lugar de esto. En serio, es demasiado largo para "probar" y cualquiera de los otros textos te servirá mejor que este para hacerte una idea de la clase de cosas que hay por aquí. No te castigues más de lo necesario y no pierdas el tiempo. Hazme caso. Tienes la Tele, el Cine, la Playstation y los Escritores De Verdad. Si sigues queriendo leer estas cosas elige otro texto al azar, pero no este. Es el más largo de todos, no es buena idea empezar por aquí, te cansarás, me odiarás y me enviarás mails pidiéndome que me corte las manos, y sólo me quedan dos. Así que lee otro, de verdad, el anterior o cualquier otro, pero este no.

El que avisa no es traidor.

O sí.

Anecdotario del bibliotecario involuntario (1ª parte )

Ayudante del funcionario de la biblioteca. Eso decía el papel donde se detallaban los destinos a elegir. Lo que no decía era que, en realidad, el funcionario de la biblioteca iba a ser yo.

Siempre sospeché que el Estado usaba a los objetores de conciencia para algunas tareas en las que una persona bien formada, y bien pagada, sería más recomendable.

Pero ahí estaba yo; sin más prórrogas de estudios, sin novia, sin trabajo, sin dinero y objetando en la Biblioteca de la Escuela Superior de Arte Dramático.

Aquello era casi irónico.

El aula en sí no era muy grande, aunque tampoco puedo decir que fuese pequeña. Tenía estanterías en tres de sus paredes, con vitrinas que yo cerraba al salir. Mi mesa estaba al fondo, con la ventana detrás.

Lo primero que se veía al entrar era a mí.

Había mesas dispuestas a ambos lados, de forma que la gente pudiese sentarse por las dos partes. Dos hileras de personas por fila de mesas. Eso hacía cuatro hileras en total.

Nunca las vi llenarse.

Al principio me lo tomé con buen humor, a fin de cuentas me encantan los libros y allí tenía un montón. Quería verle el lado bueno a eso de que el Estado me robase trece meses de mi vida en el momento justo en que más necesitaba ponerla en orden.

Ya sabes, si la vida te da limones, haz limonada.

Por lo menos no tenía que cortarme el pelo ni gritarle sí señor a un tipo que se masturba con la música del Nodo.

El principio, como el buen humor, duró poco.

Aquel imbécil se llamaba Carlos y tenía la descabellada idea de que yo podía meter en la base de datos unos ciento cincuenta libros diarios, más o menos.

No pude evitar reírme en su cara.

Alguno de aquellos libros tenía diez o doce obras. Tenía que hacer ficha para todas ellas, título, autor, fecha, volumen en que se encontraba, etc.

A mano y en la base de datos.

Ciento cincuenta por diez, mil quinientas entradas diarias, por duplicado.

Carlos, por muy representante del comité de alumnos que seas, lo tienes claro, colega.

Mirando hacia atrás creo que esa risotada fue el primer momento de rebeldía, la primera chispa. Chispa que no dejó de arder hasta convertirse en el incendio que me hizo enfrentarme a toda la directiva y parte del alumnado.

Pero eso vendrá después.

En cuanto a los alumnos, un breve inciso:

Como músico he conocido a mucha gente falsa y taimada. Sólo puedo decir que lo único peor que un músico es un actor. Lo demás sobra.

Sigamos:

Los objetores a los que dábamos reemplazo eran dos, nosotros éramos tres.

Uno de ellos babeaba continuamente al ver alumnas semidesnudas pasearse por allí. Más tarde descubrí que les encantaba hacer eso, y lo insistentes que podían llegar a ser si no les hacías caso; cosas del ego, supongo.

El otro tenía pinta de perdedor adorable de serie negra, ya sabes.

Se quedó algunos días con nosotros y con el tiempo fui entendiendo los comentarios que hacía para sí mismo y que yo, con mi buen oído, pude escuchar.

Dijo muchas cosas y nos advirtió sobre varios puntos en concreto, pero para no extenderme demasiado diré que el mensaje básico era único:

Esta gente apesta.

A mí me extrañó un poco, me habían atendido con amabilidad y todo parecía en orden, aunque Amparo, la secretaría, seseaba de un modo que me inquietaba y que, después, tuve que soportar hasta la nausea. La biblioteca estaba en el segundo piso y la ventanita desde la que ella atendía a los alumnos en el primero. Sus seseos subían por el hueco de la escalera y venían a clavarse en mis tímpanos. Aquello era desquiciante.

Lo del imbécil de los ciento cincuenta libros diarios, en ese momento, me resultaba anecdótico.

A los tres meses de estar allí sólo quedaba yo, mis compañeros pidieron otros destinos y se largaron. Yo me quedé; quería poner algunas cosas en su sitio.

El detonante de su marcha, y de que yo me quedase, fue el incidente de la goma.

Había llegado Junio y las clases habían terminado, éramos tres pero en realidad sólo había faena para uno, máximo dos.

Se suponía que teníamos que estar en la garita con Félix o bien en la biblioteca, ayudando al funcionario, es decir, ayudándonos a nosotros mismos.

Félix era el bedel, el recepcionista, el hombre de los recados, cuando no podía cargárnoslo a nosotros, claro.

De su boca escuché la mayor cantidad de guarradas posibles que se pueden decir mientras ves a una chica vestida con mallas y una camiseta interior abrocharse las zapatillas. Era flaco y tenía ese tipo de aspecto que le hacía parecer sucio aunque estuviese recién duchado. Sus dientes amarillos y sus labios finos podían conjurar su frase favorita cuando menos lo esperabas: Menudo chochito tiene que tener esa.

A su ex mujer, cuando la llamaba utilizando dinero público, le llamaba chocho.

El caso es que los compañeros hablamos y decidimos que, como había poco que hacer, uno podría librar cada día, de esa forma no tendríamos que estar los tres allí y el centro no quedaba desatendido, ya que dos de nosotros estarían siempre. Animados por la experiencia de otros colegas objetores en otros destinos, nos pareció una buena idea.

Lo hablamos con Amparo, y su mente burocrática nos concertó cita con el director para el día siguiente. En sus ojos vi que no nos saldríamos con la nuestra, pero bueno, yo todavía no me había encabronado, así que tenían un voto de confianza.

Javier, el director, nos recibió al día siguiente.

Aún no habíamos expuesto nuestro caso cuando comenzó su monólogo.

En líneas generales nos dijo que Amparo le había informado de nuestra propuesta y que tenía la impresión de que no nos había quedado un punto claro: que aquello era la mili.

No habíamos hecho la mili pero estábamos ahí, a cumplir como machotes.

Después estableció una serie de paralelismos entre el servicio militar y estar allí.

Eso me dejó un poco aturdido, hasta ese momento aquel tipo, pese a su pinta grisácea, había tenido todas las maneras de un mandamás que se enrolla con el pueblo. Un progre guay, un tipo majo de los que te guiñan el ojo mientras te dicen que vuelvas mañana, que por hoy ya has currado bastante.

Igual me desconcertó porque en el trabajo que tuve que dejar para irme a objetar, mi jefe me traía el café.

El caso es que pensaba en cómo se le estaban viendo los dientes al lobo cuando él cogió una goma de su escritorio. Nos miró, sujetándola entre sus manos y la estiró. Entonces lo dijo:

Vamos a llevarnos bien y a no tocarlos. Porque la goma si se estira, se rompe.

Y la rompió.

Los tres nos quedamos callados, supongo que no sabíamos si eso estaba pasando de verdad, si lo estábamos soñando, si Franco seguía vivo, disfrazado de director de escuela de arte dramático, o que demonios estaba pasando allí.

Cuando salimos del despacho pude ver la sonrisa de Amparo. Había estado escuchando. Ella era lo más parecido a la enfermera cabrona de Alguien Voló Sobre El Nido Del Cuco. Tomé nota mental de hacerle pagar esa sonrisa.

Mis dos compañeros hablaron sobre pedir otros destinos, largarse de allí, mandarlo todo a paseo. Yo estaba callado, pensando en lo que había ocurrido.

Este Javier, pensé, se ha equivocado de cabo a rabo.

A la mañana siguiente Amparo nos contó una historia que luego pude usar en su contra, en uno de los momentos más placenteros de mi estancia en aquel sitio.

Nos dijo que, según ella, aquello había sido un paraíso para los objetores. Que se habían portado siempre muy bien con ellos y que nunca les habían obligado a estar allí cinco horas diarias perdiendo su vida, como hacían con nosotros. Pero es que, claro, fíjate tú, les vino una inspección y tuvieron muchos problemas, con expediente y todo.

Así que, con mucho dolor de eso que supuestamente les latía en el pecho, no podían darnos días libres, ni ser indulgentes con los horarios, ni nada de nada, porque siempre podrían ponerles otra amonestación por ser buenos con nosotros.

A ellos, esos grandes samaritanos, esos humanitarios progresistas rompe gomas.

Mis compañeros escuchaban en silencio aquella sarta de mentiras y yo bromeé sobre las pocas posibilidades de llegar a conocer a la supuesta inspectora por cuyas visitas sorpresa estaban obligados a tenernos ahí sin darnos ni una mañana libre.

Amparo no supo bien como tomarse la broma.

Días después, cuando mis compañeros ya se habían ido, bajé a la garita, a leer el periódico como un buen funcionario.

Ella me vio, se asomó a la ventanita y dijo amablemente:

-Tony, podrías aprovechar que no hay faena para ir adelantando con los libros.

Levanté la mirada del periódico, sin cerrarlo, la miré a ella, miré el reloj de pared y contesté:

-Amparo, he metido unos cuantos, estoy aquí descansando, luego meteré más, no me presiones porque la goma, si se estira, se rompe.

Ella me miró inexpresiva. Sonreí levemente y seguí leyendo.

El guante estaba echado.

Meses más tarde, tuvimos una discusión más grande. El escenario era el mismo. El periódico era distinto, pero también lo estaba leyendo yo.

Los libros iban, más o menos, por el mismo sitio que hacía dos o tres meses.

Le había cogido el pulso al asunto.

Ella dijo que si no estaba a gusto que me marchase, que pidiese otro destino como habían hecho mis compañeros. Yo sonreí y le dije que no, que no hacía falta, que le tenía cogida la medida y que al igual que yo estaba allí con ellos, ellos estaban allí conmigo. Se lo dije abiertamente, sin rodeos.

Ella me dijo que con esa actitud yo no iba a llegar a nada en la vida y yo le contesté que si llegar a algo en la vida era llegar donde ella estaba, prefería quedarme en mi sitio.

Entonces, de forma velada, insinuó que podría ser peor, ya que yo entraba y salía una hora antes de lo “establecido”.

Contesté que no tenía ningún problema en acudir una hora antes y marcharme una hora después. Me callé unos segundos y añadí un rotundo, pero tú estarás aquí para abrirme la puerta cuando llegue y para cerrarla cuando me vaya, que le sentó como un tiro.

Por supuesto este endurecimiento en el trato fue algo progresivo y ganado a pulso.

Entre las dos discusiones pasaron muchas cosas, gracias a Dios no todas tenían que ver con la pérfida secretaria.

Había una chica rubia, con ojos azules y maneras de gato que siempre andaba estirada por los bancos de los pasillos. Silenciosa y de mirada profunda.

Se llamaba Patricia.

Una mañana entré en la biblioteca y la encontré tumbada en una de las mesas, boca abajo. Llevaba una especie de bañador y un tanga encima.

Había otra chica acariciándole la nuca.

Entré, dije buenos días y me senté.

La chica gato me siguió con su mirada, sin mover ni un solo músculo, allí, relajada, mientras la otra seguía tocando su nuca y su espalda.

En un momento dado la otra chica le besó en mitad de la espalda y le dio un pequeño mordisco en el hombro, luego miró el culo de Patricia y el culo de Patricia me miró a mí. Ella ni se giró, sabía que yo estaba justo detrás, en mi mesa.

Así que me levanté y me puse a ordenar algunos libros, ignorando la escena.

De vez en cuando me giraba y la veía observándome.

La otra hacía como si yo no estuviese ahí.

En un momento dado Patricia se levantó, si decir nada y se marchó.

La otra se quedó allí callada unos minutos, quizá dos, y entonces se fue.

Me quedé solo y, tras colocar un par de libros, miré mi reflejo en la vitrina.

Me giré hacia la mesa donde habían estado y me dije a mí mismo que aquello de la objeción tenía sus momentos.

Patricia vino a pedirme unas fotocopias un mes después de aquello. Estábamos juntos en el cuartito de la máquina cuando su tripa sonó.

-No me extraña que proteste, tienes pinta de comer poco-, Dije sonriendo.

-Que va, si he almorzado ya- Contestó mirando su inexistente tripa, mientras la tocaba con las dos manos.

-No sé chica, para mí que no ha sido suficiente.

Entonces se acercó y me miró con aquellos ojos suyos de gato.

Sus movimientos más que lentos eran suaves. Ladeó un poco la cabeza y dijo:

-Invítame a cenar una noche, y verás lo que me como.

Salió de la garita meneando el culo con sus fotocopias en la mano, tenía un culo bonito para ser tan delgada. Estaba claro que ahí les gustaba marear al personal y yo iba sobre aviso así que no hice demasiado caso.

Había tenido alguna de ese tipo antes. Una chica, ante mi negativa de dejarle dos libros, porque ya tenía dos en casa, y no se podían tener más de dos, comenzó a ponerse cariñosa mientras pedía que se los dejase. Le dije que no de nuevo. Entonces empezó a acariciarme la cabeza, metía sus dedos en mi pelo y apretaba un poco sus uñas en mi nuca, de vez en cuando, mientras su tono iba pasando de cariñoso a lascivo en una estudiada progresión. Le dije que aunque se metiese debajo de la mesa y se tirase el resto del día ordeñándome no iba a dejarle sacar ni un libro si no devolvía los que tenía. Ella se rió y yo también.

Después de aquello nos hicimos amigos. Tenía mucho talento, como pude comprobar cuando vi que sus calificaciones eran de las más altas. El resto de la panda cumplía una regla bastante curiosa, cuanto más llamativa era su actitud, cuanto más pinta de artistas bohemios tenían, peores eran sus notas.

Parecían mucho y eran poco, me temo. Pasa en las mejores familias.

Ese mismo día, cuando esperaba al autobús, Patricia apareció de nuevo.

Aparcó el cuatro por cuatro frente a mí y, sin parar el motor abrió la puerta y me dijo que subiese, sin mirarme.

Aquella actitud peliculera me pareció un tanto ridícula pero le seguí el juego.

Me preguntó hacia donde iba y se lo dije.

Ella me contó que le pillaba camino de casa así que iría hasta allí y yo haría el resto del camino a pie. Me pareció mejor que el autobús, así que asentí.

Había un conejito de Playboy en la guantera, una pegatina.

Cuando llegamos a su casa me preguntó si quería subir. Le dije que no y me marché.

No volvimos a hablar.

El sexo era algo muy presente en aquel sitio. Al principio pensé que los objetores que nos contaron todo sobre aquello habían exagerado un poco, pero pude comprobar que no era así.

Recuerdo que estaba en la biblioteca, leyendo a Platón; tenían una buena colección de clásicos por allí. Al lado de la biblioteca había un despacho. Estaba abierto. Dentro una alumna y el profesor hablaban. No presté atención porque lo que pudieran estar diciendo me importaba mucho menos que lo que Sócrates estaba diciendo en el libro, el Fedón, si no recuerdo mal.

Cuando ella empezó a llorar, puse el oído.

Parece ser que la chica había suspendido y el profesor le recalcó un par de veces que haberse acostado con él no le garantizaba el aprobado.

A esas alturas ya había visto chicos besando chicas, chicas besando chicas, chicos besando chicos e incluso una chica ensayando un orgasmo en la biblioteca, así que estaba curado de espanto.

La campeona de los besos fue una pequeña rubia de pelo rizado, con ojos verdes y una dentadura que parecía querer escapar de su boca. En un minuto escaso le vi besar a tres personas. A su novio, que vino a verla, le besó en la puerta del hall, a un compañero de clase le besó en la entrada al acceso, su novio todavía tenía un pie dentro cuando esto ocurrió. Por último le vi besar a una compañera al subir las escaleras.

Todos besos de tornillo.

Estuve un rato riéndome en la garita, mientras Félix me miraba extrañado.

Aún no me había repuesto de las risas cuándo vi a Carlos, ciento cincuenta libros diarios, vestido de payaso, con nariz y todo. Estuve un rato más ahogándome de risa.

Después me marché a almorzar.

Observar a los alumnos era como ver un concurso de hipocresía superlativa mal llevado. Los más serios hablaban entre ellos sobre las deficiencias de aquella escuela y sobre lo bien que estarían en Madrid o Barcelona.

Hablaban de eso en la Biblioteca, claro. Mientras, yo leía un libro detrás de otro.

Introducía libros en la base de datos, quince al día, más o menos, los días que me daba por trabajar. Yo sabía que debía hacer mi trabajo, aunque lo hiciese lento, pero mientras lo hiciese, no podían hacerme nada, a nivel legal. Aún así, la idea de que iban a aprovecharse de mi trabajo me molestaba. Al final encontré una buena solución, que contaré al final.

Lo peor del sitio, después de Amparo y la mayoría de alumnos, era el Jefe de Estudios.

Lo último que supe de él es que un alumno de primero se estaba planteando denunciarle, ya que parece ser que, en una fiesta le había intentado meter mano y, ante la negativa del alumno, le había amenazado con usar toda su influencia para asegurarse de que jamás llegase a nada en el mundo del espectáculo.

La historia la escuché en la biblioteca, al igual que la del verdadero motivo de la sanción que Amparo mencionó, cuando nos explicó por qué no podía ser un poco más flexible con nosotros.

Llegué a plantearme, durante un par de semanas, si ella tenía algo en la cabeza aparte de trámites burocráticos.

Una mañana yo tenía un examen de armonía, a las once.

Se lo dije a Amparo y ella, como una patata caliente, me rebotó a Celia.

Celia era una vieja chepada, bastante loca, de la que los alumnos solían cachondearse bastante. Era pianista y les daba clase de ritmo y demás.

Un día hablé con ella de música. No volví a repetir.

Lo que escondía bajo sus enaguas no era lo único obsoleto. Su cerebro daba pena. Aún así nunca me hizo nada malo y era educada y buena conmigo, a su manera. El caso es que Amparo, como dije, me rebotó, ya que se suponía que Celia era la encargada de los objetores, de algún modo que jamás me aclararon, por lo que, el permiso, me lo tenía que dar ella.

Me dijo que de acuerdo, que llevase un justificante y en paz.

Yo me fui la mar de contento y, esa mañana, incluso metí un par de libros en la base de datos.

Llegaron las diez y cuarto, mi hora del almuerzo y subí a firmar.

Allí estaba Amparo, con su rostro inexpresivo.

-Vengo a firmar

Miró su reloj.

-Todavía no son las once.

Me quedé un poco parado, ella seguía con la misma expresión, es decir, ninguna.

-Le he pedido permiso a Celia para marcharme y me ha dicho que no hay problema, que te tengo que dar un justificante mañana para que lo guardes; es que tengo un examen.

-Sí –dijo despacio y sin variar su tono-. Pero Celia me ha dicho que te ibas a las once y son las diez y cuarto.

Empecé a enfadarme.

-A ver, Amparo, son las diez y cuarto, sí, es mi hora del almuerzo, tengo que coger dos autobuses para llegar a la Academia y poder hacer mi examen, que es a las once, si salgo de aquí a esa hora no llego, ¿Comprendes?

-Yo no te puedo dejar firmar hasta las once, Celia dijo que te ibas a las once- Sentenció.

Aquello era increíble.

Apoyé mis codos en su ventanita y seguí hablándole.

-Amparo, cualquier persona en su sano juicio comprendería que si tengo un examen a las once necesito tiempo para llegar hasta allí, además, no estoy haciendo nada, estoy en mi hora del almuerzo, ¿Qué más te da que esté aquí o en un autobús de camino a mi examen?

Me miró y por un momento pensé que había comprendido lo absurdo de su negativa

Entonces repitió, como un mantra estúpido:

-Celia me ha dicho que te ibas a las once, hasta las once no puedo dejarte firmar.

-Joder Amparo, ¿pero tú eres un robot o una persona? Déjame hablar con Celia.

-Está en clase, no puedes hablar con ella.

-Amparo, déjame firmar y me marcho, o llegaré tarde al examen.

-No puedo dejarte salir, si te vas sin firmar y viene la inspectora…

Entonces me harté y saqué el as que venía guardando en la manga desde hacía un tiempo.

-Es mentira –dije

-¿Perdón?

-Lo de la inspección, es mentira, no habéis tenido problemas por ser buenos con los objetores.

Se quedó callada mirándome y yo me incliné más en su ventanita, metiendo medio cuerpo dentro.

-El motivo por el cual os hicieron una inspección y por el cual os abrieron un expediente, a Javier y a ti, es que una profesora estuvo sin asistir a clase durante tres meses y en lugar de darle de baja, como corresponde por ley, le estuvisteis pagando el sueldo integro. A Celia, para ser exactos.

Su cara no se movió pero su color sí que bajó un par de tonos.

Todas esas horas en la biblioteca, escuchando los trapos sucios de la escuela, estaban dando su fruto.

-Y ahora –continué- me largo, con o sin tu permiso. Y por cierto… si viene la inspectora, le saludas de mi parte.

Se quedó allí, sin decir nada, mientras yo cogía mis dos autobuses.

Con el Jefe de Estudios, el acosador al que no sé si finalmente denunciaron, también tuve algún que otro roce, aunque no fuese el tipo de roce que a él le gustaba tener.

Yo había bajado a la garita porque quedaba poco para mi hora de almorzar, Félix salió a fumarse un porro. No sólo de chochitos vive el hombre, decía.

Yo estaba dibujando, por matar el rato.

Llegó el Jefe de Estudios y me pidió un bolígrafo, se lo di, me preguntó si funcionaba y le dije que no lo sabía y entonces, sin pensárselo dos veces, lo probó.

Encima de mi dibujo.

Rayó mi dibujo como si fuese un papel en blanco y se marchó con el bolígrafo.

En aquel momento dibujar era algo secundario para mí, ya que estaba centrado en lo que iba a ser mi futura profesión, la música. De haber ocurrido eso cuatro años atrás, cuando dedicaba varias horas diarias a ello, habría despezado al hombre con mis propias muelas. Sonreí mirando el dibujo rayado y anoté una muesca más en mi tablón mental de “aquí no se salva nadie”

Justo entonces, o quizá un par de minutos después, apareció un tipo de aspecto campechano, divertido, hablaba a voces.

-¿Está el Félix?- Dijo.

-No, creo que está cogiendo un avión. Le gusta volar.

El hombre se desconcertó un instante y después recuperó su sonrisa.

-Bueno mozo, dile que el Eusebio ha estado aquí y que le ha traído esto.

Me dio un melón y se fue.

Yo me quedé con el melón en las manos, tenía buena pinta.

Lo dejé en la silla de Félix y seguí a lo mío. Como el dibujo ya estaba fastidiado lo tiré. Me disponía a almorzar cuando apareció de nuevo el Jefe de Estudios.

Vio el melón y bromeó.

-hay que ver Félix, que mala cara tienes- Le dijo al melón.

-Si tío, la verdad es que hoy no tiene muy buen aspecto- Seguí la broma.

Entonces me miró y fue como si me hubiese cagado en sus muertos más frescos.

Tío, gritó, me ha llamado tío, a mí, a Jose Díaz Zamorano, el Jefe de Estudios. A mí, repetía, incrédulo, exagerado. Verlo allí, con sus ademanes y su pose afectada me pareció una de las cosas más ridículas que había presenciado en mi vida.

-Mira tío -saboreé la palabra- igual para esos de ahí dentro eres alguien especial, tanto como para cogerte el jabón en la ducha, pero para mí, sólo eres un tío. ¿Vale tío?

Su rostro cambió de color varias veces, me llamó insolente y se marcho con sus andarse de loca, escaleras arriba.

Me pedí un buen almuerzo, sabía que después tendría bronca con Amparo y quería tener algo que vomitarle encima si me entraba la nausea por tenerla demasiado tiempo delante.

Mientras me comía el bocata, la ración de sepia y bebía mi refresco, pensé en las cosas que veía por ahí.

Había visto a gente entrar como personas normales y convertirse, tres meses después, en auténticos gilipollas.

De vestirse normal a ir por ahí medio en pelota, con el pelo de colores, respirando fuerte y haciendo ruidos y posturitas raras para que todo el mundo viese que eran actores.

Ese sitio tenía algo que no estaba bien. Se podía respirar en el aire.

La gente liberal, la de verdad, no me supone ningún problema, de hecho, si no fuese tan a la mía, me incluiría. Sin embargo, la gente que va de liberal y que hace que todos y cada uno de sus gestos apunte hacia lo mucho que lo son, hace que el colmillo me gotee veneno a toda velocidad.

Si además demuestran que son burócratas, estúpidos, mentirosos y abusadores ya es el colmo.

Pensé en las cosas buenas. Paloma y Nuskita eran buenas chicas, teníamos amistad fuera de ese lugar. Nuskita es la chica de notas altas que quería sacar dos libros de más.

Paloma es una chica que me cayó bien porque vio a Félix mirándola y lo llamó cerdo en su cara.

Aquello me gustó. Llegué a ponerle música a un par de textos suyos, bastante buenos.

Ella me contó algunas cosas que habían sucedido allí, sobre todo líos de alumnas y alumnos con profesores, eso estaba a la orden del día. Mucha desinhibición, mucho soltarse, romper tabúes, amar el cuerpo y demás. Libera tu mente y tu culo no tardará en seguirle.

Los libros eran lo mejor. Me leí tres libros de interpretación, varios textos sueltos, un libro de vida de grandes compositores, algún que otro clásico y dos o tres cosas más.

Había pianos en las aulas, así que de vez en cuando me escabullía y tocaba un rato.

Una vez acompañé a una de las chicas, estaba nerviosa porque tenía que preparar una canción y le eché una mano con ello. Yo estaba haciendo mis pinitos como profesor de canto, aunque todavía no me ganaba la vida con ello. Al final le salió bastante bien. Almorzamos juntos un par de días y siempre que entraba venía a saludar. Buena chica.

Cuando volví Amparo me soltó un discursito, aunque se moderó bastante. Creo que, de alguna forma, sabía que yo conocía un par de historias y no quería arriesgarse a saber cuales. Por lo que sé, unos meses después de que yo me fuese los echaron a los dos, al director y a ella, así que supongo que imaginó que yo sabía algo que, realmente, nunca supe.

A raíz de mi momento con el Jefe de Estudios empecé a llamarles a todos de forma más coloquial, por tocar los cojones.

Javier pasó a ser Javi y Amparo pasó a ser Ampi. El Jefe de Estudios se quedó en tío

Saludé al director, Hola Javi, y él me devolvió el saludo con la mano. Amparo, que iba detrás vino a la garita y me dijo que no podía llamar Javi al director, yo le dije que éramos todos como una gran familia y que así el amor era más tangible, más bonito. Parpadeé ladeando la cabeza. Ella me miró y se subió a su sitio. No la vi en toda la mañana.

A Celia la podía marear sin problemas, la concepción rígida del mundo de Amparo no podía soportar demasiado tiempo mi presencia y el Jefe de Estudios me esquivaba. Félix era un pobre desgraciado que sólo decía guarradas e incluso me caía bien, a ratos.

Pero lo de la goma, lo de Javier, seguía clavado en mi conciencia.

Por suerte Dios es más cabroncete que yo y pone cada cosa en su lugar.

Había empezado a ir con una chica bastante mona que, gracias al cielo, no tenía el mínimo interés en ser actriz. La conocí fuera de allí y los detalles no vienen al caso.

Dio la casualidad de que la chica en cuestión estaba con un chico cuando me conoció y terminó dejándolo, cosas que pasan; unas veces a ti y otras a otro.

Ella vino a verme un día, en mi hora del almuerzo.

Cuando se marchó, Javier vino a la biblioteca y se puso a charlar conmigo.

Nunca había venido a la biblioteca y nunca charlaba conmigo.

-Ha venido a verte una chica hoy

-Sí, estoy saliendo con ella.

Se quedó callado un momento y dijo, como si no tuviese importancia.

-Sí, creo que era amiga de mi hijo.

-Puede ser.

Nos quedamos callados, miró las estanterías, me sonrió y se fue, despidiéndose con la mano, como los concursantes de lluvia de estrellas, cuando atravesaban la puerta y salían transformados en alguna mala imitación de algún cantante famoso.

Su hijo era el chico que ella dejó antes de venir conmigo.

A veces me he sentido mal por lo bien que dormí esa noche.

Al final fue Amparo quién me dio el remedio para librarme de ellos.

Estábamos hablando cuando de pronto me dijo, una vez más, que si tan poco me gustaba aquello, me marchase. Yo contesté, con voz de coña, que no me iría hasta que hubiesen pagado por sus pecados. Además, añadí, me gusta almorzar aquí. Ella siguió y mencionó de nuevo el cambio de destino. O que me pusiese enfermo.

Aquello fue la luz al final del túnel, un momento mágico.

Amparo, le dije, si no me dieses asco, te besaría.

Subí a la biblioteca, renombré todos los archivos ejecutables y oculté todos los directorios y ficheros del ordenador.

Escribí una nota y también la oculté. La nota decía algo como:

“por motivos de seguridad he renombrado y ocultado todos los archivos ya que he detectado una intrusión no autorizada por parte de algún usuario de la biblioteca.

El administrador de la máquina.”

Era perfecto, mi trabajo estaba ahí pero no podían acceder a él. En caso de haberme acusado de romper o borrar algo yo podría haber dicho, palmeando mi frente, que se me olvidó decirles lo de la intrusión y que había cambiado los archivos.

Cuando bajé, un alumno, que no me había hablado en toda mi estancia allí, vino, me sonrió, me saludó, me preguntó qué tal me iba por allí, cómo lo llevas, menudo rollo de objeción, a ver si la quitan ya, etc. Después me preguntó si podía hacerle unas fotocopias.

Le dije que con pedirme las fotocopias, habría bastado, que aquello de fingir interés me molestaba. Le dije que, si me saludaba, me saludase siempre, pero que saludarme sólo cuando quería algo hablaba bastante mal de su forma de ser y de su calidad como persona. Se disculpó y le hice las fotocopias.

Al día siguiente yo estaba en el médico, aquejado de unos fuertes dolores de espalda, que fíjese doctor, no sé qué pasa, no me he dado ningún golpe ni nada, pero oiga, me duele un montón, sobre todo por las mañanas, nada más despertarme.

Y tuve mi baja.

Todos los lunes iba a presentarla, con mis patines, me los quitaba, me ponía las zapatillas, subía, le daba el parte del médico a Amparo, sonreía y me despedía hasta el lunes siguiente. Entonces bajaba, me ponía los patines, guardaba las zapatillas en la mochila y me marchaba, silbando, con mis patines puestos.