Jazz's Things

domingo, julio 11, 2004

Cuando ella terminó su servicio él la recogió.
Mientras se acercaba al coche notó algo extraño en su manera de caminar.
Había bebido más de la cuenta.
-Hola Pablo
-Hola Mari
Se quedó parada en la acera mientras él abría el coche.
Miraba hacia alguna parte, con los ojos entrecerrados y su cabeza moviéndose, muy despacio, de un lado a otro.
-Me siento aquí delante, hoy no quiero ir detrás.
-Como quieras
Ella se sentó. Trataba de abrocharse el cinturón, pero no acertaba; sus movimientos eran torpes. Intentaba mantener la compostura, pero era evidente que estaba borracha.
-Jodida cosa de los cinturones- protestó ella, con la barbilla hundida en el pecho, mientras seguía forcejeando.
Él sujetaba el volante con ambas manos y miraba al frente, tratando de no prestar atención.
-Vale, ya está, vamos Pablo.
Arrancó y recorrieron un par de manzanas. Era tarde y no había tráfico. Las farolas pasaban una detrás de otra sin prestarles atención.
-Voy bastante, bastante ciega ¿sabes?
-¿Quieres que pare? ¿Te sientes mal?
-Claro que me siento mal, acabo de pasar la noche bebiendo y follando con un tío por el que no siento nada. Ni siquiera me gustaba un poco. ¿No te sentirías tú mal?
-Me refería a si tienes ganas de vomitar o algo.
-Ya sé a que te referías, soy puta, no tonta.
Pablo se calló, apretó la mandíbula y siguió conduciendo.
Ella miró por la ventana.
Entonces lloró.
Paró el coche y se quedó callado. Ella lloraba y él no sabía que decirle.
-Llévame a algún sitio bonito- dijo ella
Se quedó un momento callado y entonces sus cejas se arquearon un poco.
-Puedo llevarte a la playa si quieres. Allí se estará bastante fresco; seguro que con este calor lo agradecemos los dos. Igual te ayuda a despejarte.
-La playa…- Entonces lloró otra vez.
-¿Qué pasa?
-Antes iba allí, a veces, con chicos a los que quería de verdad. Entonces era un sitio bonito donde ver amanecer. Hacíamos planes, nos abrazábamos y sentíamos que todo era perfecto. Ya sabes, las cosas del amor. Todos hemos tenido tiempos mejores.
Pablo asintió en silencio.
-La última vez que estuve allí -continuó- fue trabajando. También estaba muy ciega, mucho más que ahora. A veces bebiendo es más fácil. Me fui con dos tipos, de los elegantes, ya sabes. Un par de cerdos.
Lloró con mucha más fuerza y él acarició su cabeza, en un torpe intento de consolarla.
Era consciente de que su caricia estaba a medias, pero no podía hacer más.
Ella le miró, mordiéndose el labio y entonces estalló.
-Sólo era arena, Pablo; arena por todas partes, humedad, el ruido de las olas, el olor a sal y un montón de cosas flotando por ahí. No estaban los amaneceres, ni la tranquilidad, ni nada de nada.
Se abrazó a sí misma y, con la cabeza gacha y su pelo rizado cubriendo el rostro, dijo:
-Ya no puedo ver el mar.
Pabló se quedó callado y escuchó su propia respiración llenando todo aquel silencio.
Estuvieron así un momento y, entonces, puso en marcha el coche.
-Encontraremos otro sitio
-Vale
Ella se limpió con la manga y él condujo en dirección a la nada.

martes, julio 06, 2004

Me cago en la leche.
Dejó la máquina y fue a la nevera.
La abrió, cogió el agua fresca que quedaba y la apuró de un trago.
Es el jodido calor, pensó, así no hay Dios que escriba.
Entonces el teléfono, puntual como la gente que no quieres ver, sonó.
Sí. Sí, soy yo. ¿Un artículo sobre qué? ¿Estás hablando en serio? ¿Pagan por eso? No, nada, ahora mismo nada, estaba refrescándome un poco, sí, sí, hace un calor horrible.
¿Para cuando dices que lo quieren? Mmm… no creo que haya problema. Vale, venga, sí, vale, te veo, chao.
Colgó.
Salió al balcón en busca de un poco de aire fresco.
El universo le falló de forma miserable; fuera no se podía casi respirar.
Me cago en ti, dijo mirando al cielo, en ti y en todo lo que has puesto sobre la tierra, jodido sádico. ¿Hace falta apretar así? Menudo calor de mierda.
Eructó hacia una nube y ésta, de alguna forma, pareció sonreír.
Pues vale.
Entró y se sentó de nuevo frente a la máquina.
Ya sé Dios, dijo mirando al vacío, que todo el mundo usa procesadores de texto. Pero fíjate, me gusta el takatá de este trasto. Me ayuda a pensar. El bicho ese, dijo mirando al ordenador, está bien para corregir y pasar a limpio. Pero para crear, para escribir de verdad, nada como esto.
Tecleó un par de líneas.
¿Sabes viejo? Tienes que aburrirte del copón; todo el mundo por ahí mirándose el ombligo, cagando, meando, follando y poniendo cara de ir a vivir para siempre.
Tecleó media línea.
Y los políticos, joder viejo, ESO sí que tiene que ser aburrido.
Aunque claro, igual ni los miras y los mandas directamente al infierno, con los curas y las monjas. Haces bien.
Se rió en voz alta, se pasó la lengua por las encías y tecleo dos líneas más.
Está feo que lo diga yo, continuó, pero creo que te equivocaste; deberías mandarnos a tomar por culo a todos. Así no tendríamos que aguantar el calor, ni los impuestos, ni la tele, ni la religión, ni la política, ni la estupidez en general, ya sabes; la propia y la ajena.
Estaría bien irse a tomar por el saco y no tener que ver como esto se hunde en la mierda mientras eliminamos todas las posibilidades de salvación.
Se mordió una uña y levantó una ceja.
Claro, claro, está el amor, los buenos sentimientos, la amistad, todo ese rollo de película de Meg Ryan.
¿Cuánto dura eso eh viejo cabrón? Tres años, ¿Seis? Y no me vengas con que hay personas que están juntas toda la vida. Hablo de amarse, no de vivir bajo el mismo techo, hablo de amigos, no de gente que ves todos los días desde hace años y que algún día supusieron algo importante para ti. Una hipoteca, hizo una pausa, eso sí que dura. Veinte años, o más.
La puta madre Viejo, el mundo está que se cae y no mueves ni un dedo.
Tecleó.
Eres la hostia. Además tus representantes por aquí abajo lo están haciendo del culo.
Si algo ha quedado claro en todos estos siglos es que, como pastores de almas, son la peste. Eso sí, haciendo hogueras y pudriendo cerebros, se las pintan.
Siguió escribiendo un rato más y se levantó.
¿Sabes lo que más me jode de todo?
Que sé que estás ahí esperando a que nos apañemos solitos, tranquilo, con todo el tiempo del mundo.
Seguro que, allí arriba, tienes aire acondicionado, vamos, como si lo viese.
Si estuvieses aquí abajo, teniendo que aguantar TODO esto y, además, con este calor, te entraría la vena revolucionaria. Seguro. Unas plaguitas, unas bolitas de fuego, unos cuantos primogénitos degollados y otra vez a empezar.
En fin.
Cogió el ventilador, lo puso al máximo, se tumbó en el sofá y se quedó dormido.

Dios, en los cielos, subió el volumen a sus Walkman.