Jazz's Things

martes, noviembre 01, 2005

Mensaje de los textos de esta web dirigido a los lectores:

Hola
Ahora estamos en www.tormentasenlamente.org
Nos vemos por allí.

Un abrazo

sábado, octubre 22, 2005

artículo mío publicado en la revista V30 Magazine, Octubre 2005

Malditos Escritores Malditos

"El lenguaje es un virus"
William S. Burroughs

Hay libros que miman ideas que ya tenemos, que refuerzan nuestro Aprendido Sentido De La Realidad™, que, al final, terminan contándonos lo que queremos que nos cuenten.
Libros que nos distraen, sin más.

Y luego están los otros.

Libros que contienen una escritura peligrosa, que hablan de aquello de lo que no queremos hablar, que cubren esa parte del espectro que siempre nos dejamos fuera, por comodidad, por cobardía o por simple costumbre. Libros que pueden aportarnos ideas nuevas, destruir ideas viejas o poner en evidencia mecanismos que nos mantienen por debajo de nuestras posibilidades.

Destaca, entre todos los escritores malditos, la figura de William S. Burroughs.

Heroe contracultural, escritor controvertido, drogadicto, homosexual e ídolo de tres generaciones rebeldes.
Para los Beat de los años cincuenta fue como un padre, y ellos, hijos agradecidos, publicaron sus textos cuando estaba totalmente inmerso en la heroína y su mundo.
Los Hippies y los "Radicales Politizados" de los sesenta y los setenta encontraron en su obra motivos para convertirlo en uno de sus autores favoritos, no sólo por sus experimentos a nivel narrativo, ni por el cut-up, ni por sus alucinadas visiones, sino por el trasfondo político de su obra, donde las corporaciones, los gobiernos y los agentes de la mentira doblegan y dominan los espíritus.
Finalmente los Cyberpunk de los noventa lo adoraron por adelantarse a su tiempo y por sus visiones oscuras sobre la máquina biológica y los sistemas de control total.
Burroughs es uno de los pilares de la contracultura que vino después. Su Yonki se adelantó, y sentó las bases, para que obras como Trainspotting de Irving Welsh fuesen posibles. Sus saltos no lineales en la narración, siempre con temas e imágenes en común, fueron un anticipo de lo que más tarde sería el hipertexto.

No sólo fue pionero en lo literario. Cuando Leary y compañía estaban experimentando con el LSD él ya lo había dejado y se había sumergido en lo más oscuro y profundo de la droga, como un explorador que, tras quince años de adicción a casi todo tipo de sustancias, volvió a contar qué había visto.
No buscó en la heroína otra realidad, una percepción alucinada, sino sumergirse más y más en el mundo que le había tocado vivir, en su parte más oscura y primitiva, y llegar a la base de todo: La dominación; el control.
Para Burroughs la injusticia humana tiene una base biológica, pues venimos de un animal violento, competitivo y brutal. Señaló la droga como el modelo más puro del capitalismo salvaje, la forma de opresión máxima, al contrario que muchos de sus contemporáneos que veían en ella una forma de liberación.

"la droga es la mercancía definitiva. No hace falta hablar para vender. El cliente se arrastrará por una alcantarilla para que le vendan. El comerciante no vende su producto al consumidor, vende el consumidor al producto. No mejora ni simplifica su mercancía. Degrada y simplifica al cliente"

Los libros de Burroughs, dejando de lado lo artístico, pueden ser consultados como manuales para la existencia. Manuales que ayudan a tomar conciencia de los poderes invisibles que actúan sobre nosotros, que nos hablan de cómo luchar contra ellos desde nuestra carne, siempre limitada.

Un escritor maldito, de los que ya no quedan.

Obras recomendadas:

Yonki – (Para una lectura más lineal)
El Almuerzo Desnudo – (Para un placentero derrame cerebral.)

domingo, septiembre 18, 2005

Está sentado en la terraza del bar, viendo pasar chicas y disfrutando de una cerveza fría.
Entonces lo ve.
Es un tipo extraño, ojos preciosos, mal vestido, lleva un taburete pequeño en la mano. Si apostases todo tu dinero a que lleva meses sin dormir bajo un techo no perderías ni un céntimo.
Se acerca, coge su taburete, lo pone a su lado y se sube encima.
Los dos se miran.

El hombre comienza a hablar:

Chico, estamos forzando la naturaleza del individuo para adaptarla al modelo educativo, en lugar de adaptar éste al individuo.
Es justo aquí donde la línea entre educación y amaestramiento se nos presenta difusa.

Se aclara la voz y sigue.

Naturalizamos los procesos de dominación que son ejercidos sobre nosotros de tal manera que llegan a ser invisibles a nuestros ojos. Es posible que sea una forma de autoprotección; una vez percibidos tendríamos que hacer algo, deberíamos de hacer algo.
Sería inevitable el enfrentamiento, el cambio.

Hace una pausa y mira a su alrededor, el camarero estira el cuello y se dispone a acercarse para echar al filósofo errante. El joven niega con la cabeza. El camarero hace una mueca y sigue con lo suyo, mirando de reojo.

El hombre mira al camarero, luego al chico, sonríe y sigue hablando:

El esclavo, en lugar de aspirar a ser libre, aspira a ser amo; ese es uno de los errores básicos que perpetúa el estado actual de las cosas, de estas insanas relaciones de poder.
Como primer paso sería deseable la aparición de tácticas que localizasen y pusiesen en evidencia los pequeños rituales cotidianos que refuerzan los juegos de dominio.

Esto, hijo mío, nos llevaría a la visibilidad de la sumisión.
Cuando dice esto se agacha un poco, y guiña un ojo de forma exagerada.

Vivimos en estos jodidos recortes de espacio infinito, dice extendiendo sus brazos, mira hacia arriba y verás que el cielo que vemos es interrumpido por los edificios.
Las estructuras que creamos para darnos seguridad limitan nuestra percepción del infinito.
De nuestras posibilidades.
Todo "lo nuestro" nos tapa "lo otro"; limitamos la mirada en busca de seguridad.
Cuanto más estrecha nos dibujan "la realidad", "la verdad", "lo bueno", "lo correcto", más cosas se quedan fuera.
Nos están robando el cielo, niño.
Las voces me han dicho que te lo cuente, yo ya no tengo batería, es tu turno.

Se tira un pedo y baja de la banqueta, apoya una mano sobre la mesa y con la otra le señala.
Las preguntas que debes hacerte, chaval, son:

¿Cómo eliminar protocolos y asaltar contenidos si sólo disponemos de un lenguaje impreciso?
¿Cuánto de nosotros, y de lo que nos rodea, cabe en un sistema de representación dado?
¿Comprender la cadena te hará libre?

Mira a su alrededor, satisfecho, echándose hacia atrás con las dos manos en la panza.
Hay una mancha de grasa en su camiseta, cerca de su ombligo.

Quizá en un contexto amanerado, le dice, predefinido, institucionalizado incluso en sus formas de contracultura, sólo nos quede la honestidad como la más contundente de las herramientas.
¿Es falso lo que miras o tu forma de mirarlo?
Piensa en ello, chico, piensa en ello.
Es tu tarea.

Y se marcha.

El joven se queda mirando cómo se aleja.
El camarero se acerca y se queda parado, bandeja en mano, mirando en la misma dirección.
Menudo tipo, ¿eh?
Increíble, sí. Ponme otra cerveza, por favor.

martes, septiembre 13, 2005

Hay un león que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay un ángel que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay una mujer de blanco que no puedes ver a los pies de su cama.

El león calla.
El ángel calla.
La mujer de blanco habla.

Hay sangre Naphidim en tus venas, conoces los umbrales, llevas aquí más tiempo que ellos, conoces los setenta y dos nombres, entiendes el Sephirot invisible, el círculo te pertenece, la espada te pertenece, ves detrás de todas las mentiras que se dicen a ellos mismos, conoces el curso de las cosas, podrías cambiarlo todo si eligieras intervenir. Incluso en esa patética existencia tuya rehúsas usar tus dones y te haces daño una y otra vez. Te comportas como una humana.

¿Por qué te rebajas?
¿Por qué sigues con esto?
¿Por qué?

La chica se levanta, mueve el ventilador y vuelve a tumbarse.
La mujer de blanco la mira en silencio.
Los labios apretados.
El ceño fruncido.

Elegí esto.
Ni tú, ni el león ni el ángel, podéis cambiarlo. Esta existencia me pertenece a mí, no a vosotros.
Soy todo lo que dices, sí. Pero elegí no serlo.
Sé perderme en las cosas que para ti son pequeñas.
Puedo verlo todo y dejar que ocurra, puedo sembrar de pequeñas advertencias el camino pero, aún así, no intervenir.
He aprendido a ignorar todo lo que sé.

Una vida de verdad.
Una muerte de verdad.
Ese es mi deseo.

Es estúpido que cada vez que estoy triste vengáis a ofrecerme todo aquello a lo que ya renuncié.
Vais a tener que dejarlo, en serio. Algún día tendréis que dejarlo.

Hay un león que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay un ángel que no puedes ver a los pies de su cama.
Hay una mujer de blanco, que no puedes ver, a los pies de su cama.

La chica sonríe, abraza su almohada y, después, se duerme.

Pero eso sí puedes verlo.
Fue su elección.

lunes, agosto 15, 2005

Los domingos por la mañana no hay demasiada faena, así que hago un par de cosas, pura rutina, atiendo un rato, saco un libro y empiezo a leer.

Cuando quiero darme cuenta tengo un destornillador apuntándome. Detrás del destornillador hay un hombre. Es moreno de piel y pelo, unos cuarenta y algo, casi cincuenta, normal tirando a relleno.

Sus ojos intentan ser firmes. Su voz también.

¿Me das el dinero?

Estoy apoyado en el mostrador, sólo he levantado la cabeza para mirarle. Mi cara está a unos dos palmos del destornillador. Mi mano izquierda sigue sujetando la tapa del libro, mi dedo derecho está sobre la línea que no he terminado.

No, no te doy el dinero.

Termino la línea y vuelvo a mirarle. Cierro el libro. No me aparto.
¿Por qué?, dice.

Me inclino hacia delante para contestarle, el destornillador está más cerca.

Si quisiera, a esa distancia, podría vaciarme un ojo.

Porque es domingo, le digo, porque no hay nadie, porque has elegido muy mal día para atracar y porque no hay nada que llevarse.

Mira si hay algo, me dice.
Sin dejar de mirarle a los ojos le digo que no, que no voy a mirar porque no hay nada.

Entonces miro su destornillador. Después miro por detrás de él, un poco por encima y vuelvo a mirarle.
Y, tío, guárdate eso. Porque la cámaras de seguridad te están grabando y la vas a cagar.

Sin variar su expresión desliza el dedo por el metal y va escondiendo la herramienta muy despacio. Se apoya un poco en el mostrador para disimular.

La punta ya no está hacia mí.

Hay un pequeño momento en el que pienso que algo va mal.
Pero no con él.
Conmigo.

Se supone que tendría que tener miedo, estar asustado, algo, sentir alguna cosa.
En lugar de eso estoy ahí, mirándole.

Por supuesto no tenemos cámaras.

Coge eso, le digo, y vete de aquí.

Abro el libro y le echo un vistazo mientras le digo al tipo que, por mí, no me ha dicho nada, que todo eso no ha pasado, que se marche y que no se busque problemas.

Vuelvo a mirarle y siento algo que, de ser un sentimiento completo, podría parecer lástima.

Hay unas bolsitas, dos, sobre el mostrador. Son las pequeñas pulseras que regalan con las papas. Olvidé tirarlas.

Las mira y me mira.

¿Me puedo llevar esto?
Sí, cógelo y vete de aquí.

Se lo digo como se lo he dicho todo. Sin ningún tipo de inflexión, sin suavidad ni dureza. Sin nada.
Vacío.

Se marcha despacio. Le observo hacerlo. Cojea un poco.
Me levanto, voy al baño y me miro al espejo.

Me quedo mirando mi reflejo, esperando alguna reacción. Algo. Alguna puta cosa.
Nada. Cero.
Vacío.

¿Qué coño pasa contigo?

miércoles, julio 27, 2005

Voy a contarte algo que no vas a entender, dijo.

Se llevó el vaso de vino a los labios y bebió. Un trago corto; siempre bebía tragos cortos cuando explicaba algo.

Las únicas cosas que vale la pena contar, dijo, no pueden contarse.

Levantó las cejas y añadió: Esas putillas, las palabras, no sirven para nada; eso es lo que aprendes trabajando con ellas.

Símbolos, las palabras son símbolos, dije yo, sí, ya he notado que algunas cosas no caben en ellas, pero bueno, hay que intentarlo.

Escucha, dijo, se trata de que aprendas a triangular la realidad sabiendo que jamás podrás acercarte a ella. Palabras, palabras; nada. Escribir es intentar lo imposible sabiendo que no vas a lograrlo. Me refiero a escribir de verdad, lo demás es quedarse en la zona segura contando mil veces lo mismo, ya sabes.

Bueno, dije, pero se puede escribir bien. Tú incluso tienes premios. Ya sé que los premios no son un indicador, pero vamos, quiero decir que tus historias llegan, ya me entiendes, se puede hacer bien, conectar, transmitir; contar bien la historia.

Apoyó sus manos en la mesa y se inclinó hacia delante, como para ponerse en pie. Clavó su mirada en mis ojos y dijo: Puta mierda, nada, cero. Soy un campeón de lo imposible, sí, se me ha premiado por fracasar con más elegancia que otros, nada más. Esto es como cualquier otra cosa, no tiene sentido, se lo tienes que dar tú. Aún no se han dado cuenta de que lo único importante es que no importa.
Jodidos capullos.

Dio otro trago y siguió hablando.

Está todo en la mirada, chaval; es aprendida, falsa. Lo único que ves es tu forma de ver. Escribir puede servir, como mucho, para que aprendas sobre ella o, en algunos casos, para trabajar otros prismas. Construyes realidades esperando entender cómo cojones funcionan. Fracasas y vuelves a intentarlo desde otro ángulo.

Crear ficciones, dije yo.
Trocitos de mierda, sí.

Catarsis, pensé en voz alta.

A la mierda la catarsis chaval, gilipolleces. Puedes poner tus demonios sobre papel y mirarles a la cara, pero ¿librarte de ellos? Olvídalo. Además, no es bueno librarse de ellos.
¿Por qué? Pregunté.
Me miró en silencio durante unos instantes.

Porque los demonios de un hombre son el motor que lo mueve, chaval.

Somos criaturas enfermas, niño, tensas; necesitamos sacar fuera toda esa basura extra que genera darnos cuenta de las mil pequeñas cosas que el resto no ve. Nos decimos a nosotros mismos que crear es nuestra elección. Una mierda elección. Toda la puta vida escribiendo sin poder parar. Premios, joder, no tienen ni puta idea. Es como rascarse, ¿entiendes? Escribir es un puto picor que no se puede aliviar, aunque te rasques hasta arrancarte la piel.

Hizo una pausa y observó la botella. Después volvió a mirarme y siguió hablando.

Sólo haces pausas para existir y contarlo después. Cuanto mejor escribas más cuenta te darás de esto: Es imposible reflejar nada, nada es representable, todas esas notas sobre tu existencia ni siquiera son una pálida sombra de ésta. Y aún así, si lo intentas lo suficiente y llegas a fracasar de un modo original te llamaran escritor. Igual hasta te dan un premio como esos que tengo en el baño.

Sonrió con malicia mientras daba un trago a su copa; un trago largo esta vez.

Eres un jodido cínico, dije sonriendo.
Abrió sus brazos, subió los hombros y dijo sonriendo: Denúnciame.

Los dos reímos, pagamos la cuenta y salimos del bar.
Quedaba noche por delante.


jueves, mayo 19, 2005

Si voy a los servicios sociales me la quitarán.

Lo dice mirando a la niña, que juega sin saber de qué hablamos.
Se despide diciéndome que espera que la vida me trate mejor que a él. Con la sonrisa más sincera que se puede ofrecer cuando estás al borde.
Estas cosas me nublan los días.

Mientras hablamos recupero fragmentos de memoria, pequeños trozos que no están disponibles todo el tiempo, hasta que alguna imagen, un sonido o un olor, los saca de su escondite y me permite contemplarlos.

Lo que no recordamos forma parte de nosotros y opera en lo invisible.

Recuerdo las burlas, por su tamaño, por su fealdad, por lo fácil que era tomarle el pelo. Más tonto que listo, más feo que guapo, grandullón, con una situación familiar que rozaba lo surrealista. No me daba pena, me caía bien. Me parecía real, con todo lo que ello implica. No me gustaba que los demás se metiesen con él y siempre trataba de compensar.
Pequeños gestos.
Hacemos lo que podemos, aunque no sirva de nada.

Durante estos años he ido viéndolo de vez en cuando. Hola tío, ¿Cómo estás? Tengo un curro de guardabosque, me dan casa y todo. Hola tío, ¿Cómo estás? Dejé aquello, ahora estoy de seguridad, pero pagan fatal, a ver si encuentro algo mejor. Hola tío, ¿Cómo estás? Voy a tener una niña, estoy de baja, me golpearon en un supermercado mientras hacía una guardia y me han jodido los riñones. Hola tío, ¿Cómo estás? Yo estoy sin trabajo, la madre de mi mujer se está muriendo, debo recibos de casi todo, mi vecina se está haciendo cargo de las cosas de la niña y ya me ha dicho que no puede seguir ayudándome.

Ya no voy con la cabeza alta, la llevo agachada, me da vergüenza, tío.

No me dan curro en ningún sitio, mi mujer me ha dicho un par de veces que hará la calle y yo me pongo enfermo de pensarlo, mi hermano sale de la cárcel dentro de nada, el pobre chaval, todo por querer ayudar en casa. Desde que mi padre murió mi familia se ha echado a perder. Esto es una mierda, colega, a veces pienso en matarme pero bueno, está la niña y eso me quita la idea de la cabeza. Joder, si por lo menos pudiese meterme en una buena empresa de vigilancia, ahora quiero sacarme el graduado, ni siquiera lo tengo. Estuve en tres colegios, tío, y dos de ellos especiales. ¿Qué cojones hago yo entre autistas y subnormales? Ya sé que no soy muy listo pero, coño, tampoco es para eso. Leo libros, a ti te gustaba leer, me acuerdo, me he leído los tres de Alejandro Magno, están guay. No sé qué hacer.

Miro a la niña y la niña me mira a mí con ese juicio por formar con el que sólo los niños saben mirar.
Es preciosa. Ajena a toda la miseria que le rodea.
No puedo evitar preguntarme hasta cuándo.

Hablo con él y le doy algunas ideas, sitios a los que acudir a buscar trabajo, pienso en gente a la que llamar.
Hago lo que puedo, aunque no sirva de nada.

Nos despedimos y un regusto amargo me llena por dentro. Hago un par de llamadas a amigos que puedan saber de algo, les pido que me tengan informado, memorizo un par de ideas nuevas que me dan y me las guardo para la próxima vez que lo vea.

Y en casa, cuando me tumbo y miro al techo, algo se agita, incómodo, dentro de mí.

Al final me quedo dormido, con la niña observándome desde mi memoria mientras su padre la mira en silencio.

martes, marzo 01, 2005


"Arder vivo y asfixiarse son las dos peores muertes que se le ocurrirán a la mayoría de personas a las que preguntes sobre el tema.

Supongo que, aunque no lo sepan, se refieren a quemarse lentamente, ya sabes, un incendio, quedarse atrapado en un coche en llamas o, esta es mi favorita, quemarse en una hoguera.

Pregunta a la Santa Iglesia Católica; ellos saben de estas cosas.

Personalmente opino que lo más importante es el tiempo que permaneces vivo mientras ardes. No hablo de estar consciente. Una vez tu sinapsis se colapsa te desmayas; apagado de emergencia. Hablo de que puedes seguir viviendo un buen rato, inconsciente pero ardiendo. Puedes llegar a tener quemado todo tu cuerpo, incluyendo varios órganos internos, y seguirás vivo.

A veces hay suerte y tu cerebro es una sopa antes de que pueda procesar las enormes cantidades de dolor que todos y cada uno de los poros de tu piel le están mandando. Eso puede pasar, por ejemplo, cuando el complejo secreto del gobierno donde te tenían encerrado salta por los aires llevándose a todo el mundo por delante, tú incluido.

Otras veces, simplemente, el humo te asfixia. Estas dos formas de morir van juntas de vez en cuando.

Habrás escuchado que cuando mueres toda tu vida pasa ante tus ojos.

Lo último que pasa ante los míos es un trozo de puerta blindada y el tío que ha hecho estallar todo esto.

Volando metro y medio sobre el nivel del suelo.

Una buena onda expansiva puede hacerte competir con Superman durante algunos segundos. Casi no tengo tiempo de ver su sonrisa. Sólo un fogonazo en el rabillo del ojo y cuando voy a girarme ya no existo. Volatizado en un segundo. A veces hay suerte y eso ocurre; a altas temperaturas. Altas temperaturas inmediatas.

Como en esta explosión.

El problema de la mayoría de rebeldes es que no lo son. El problema de los que lo son es que son capaces de cosas como esta.

Lo último que olí fue algo parecido al pollo frito.

Las tres cualidades que toda persona que se llame a si mismo revolucionario sin estar mintiendo ha de cumplir son: poseer un Proyecto Histórico que demuestre la capacidad, objetiva, de cambiar el sistema actual, haber ideado una manera de conducir, de forma progresiva, a la negación de éste y ser consecuente en todas las esferas de su persona con el sistema a establecer.

En toda mi vida sólo he conocido a otra persona que las cumpliese, pero, desgraciadamente, ha sido borrado de la faz de la tierra tres décimas de segundo antes que yo.

Cuando hay hidrógeno de por medio las explosiones son realmente jodidas; créeme.

Supongo que, si tuviese tiempo, me alegraría por todo lo que nos hemos llevado por delante. Si la gente supiese la cantidad de cosas que se están haciendo para podernos controlar de forma absoluta, este mundo se volcaría en un baño de sangre definitivo. Por suerte para ellos la mayoría de esas cosas se hacían aquí. Algunos de esos proyectos estaban avanzados y otros eran sólo ideas, pero estaban todos en el mismo espacio al mismo tiempo.

Justo aquí.

Ahora ya no están; nosotros tampoco.

Todo por los aires.

Lo bueno de ser un mártir es que sabes que has dado tu vida por los demás. Lo malo, en este caso, es que nadie lo sabrá nunca. Para que alguien lo supiese tendrían que contárselo y, para que alguien lo contase, tendría que haber supervivientes. Ninguno de nosotros tiene tiempo de comprender, mientras nos carbonizamos batiendo records, que no habrá ser vivo en varios kilómetros a la redonda que pueda hablar sobre este día. Que yo sepa, hasta ahora, salvo algún caso de espiritismo científicamente sin demostrar, es necesario estar vivo para poder hablar.

Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. No todo el mundo miente cada vez que abre la boca. Si tuviese tiempo me alegraría por eso.

Tendencia cromosómica a la rebelión. La mayor estupidez del mundo. Uno de sus proyectos iba de ese rollo. Eso nos trajo aquí, a nosotros; que éramos sus sujetos a investigar hasta que Liam perdió el control. Bueno, lo correcto sería decir hasta que Liam tomó el control.

Liam, veintiocho años, inteligencia y agresividad en continua competición por equilibrarse. Dirías que es un tipo muy listo y muy peligroso. Unos piensan y otros actúan. Él actúa. Normalmente, en las revoluciones, en las ideas alternativas y en todo lo que represente poder cargarse el sistema, siempre la caga el que pone las bombas.

Si no existe se le crea y si no se le crea se le inventa.

Puedes inventar armas imaginarias y, ante esta amenaza, invadir el país que supuestamente las posee. Sólo tienes que hacer sentir a la gente insegura, decirles que allí hay un hombre de las bombas; meterles el miedo en el cuerpo. Cuando la gente se siente amenazada permite que hagas cualquier cosa para defenderla. No importa cuantos niños inocentes mueran. Son ellos o nosotros. El hombre de las bombas es el coco de la rebelión y, a la vez, la mejor excusa de los que tienen las riendas para no soltarlas.

Un tipo violento que sirve para desvirtuar una buena idea e invalidarla a ojos de todos.

Ese sería Liam; rebelde por el simple hecho de poder enfrentarse directamente con todo. Joderlo, mandarlo a la mierda.

Hacerlo estallar.

Dijo que podía volar cualquier cosa y era cierto. Si tuviese tiempo pensaría en lo irónico que es esto y en el verdadero origen de ese olor a pollo frito.

Josh era de Manhattan, treinta años. Un tipo realmente brillante, tranquilo y amable. Con las mejores ideas que has escuchado nunca acerca de construir una sociedad equilibrada utilizando asambleas. Democracia pura y anarquía en una mezcla que te resultaría imposible de concebir hasta haberle comprendido. Tendrías que escucharle. Funcionaría. Te lo juro. Si aún tuviese boca, seguramente, te lo contaría él mismo.

Miró hacia la puerta, cuando el suelo vibró, y se giró hacia mí.

A veces ves cosas en los ojos de la gente que hacen que pienses que la vida es más grande de lo que crees, que te estás perdiendo algo, que hay cosas que escapan a tu comprensión y que el que te mira lo tiene más claro y asumido que tú; que tiene las respuestas, que entiende todo lo que tú ni siquiera te planteas. Ese era Josh.

Se fue tres décimas de segundo antes que yo.

Si tuviese tiempo entendería que Josh es el olor a pollo frito en mi nariz justo antes de que ésta deje de existir.

La gente que nos tenía aquí piensa que no querer vivir tu vida del modo que te imponen, que no creer en todas las cosas que quieren hacerte creer, que querer ser libres en todas tus decisiones y acciones y negarse a aceptar su modo de ver el mundo puede ser algún tipo de desviación genética.

Así que usaron todos sus medios, y estos son muchos, para reunir “especimenes” que hubiesen mostrado tendencias rebeldes desde temprana edad, al parecer sin motivo evidente, para investigarlos. A ser posible, personas que no tuviesen justificación psicológica para la rebeldía. Liam, pese a todo, tuvo una infancia tranquila y no vivió ningún conflicto emocional que le hiciese odiarlo todo, simplemente era consciente de algunas mentiras y desarrolló una impresionante habilidad para respaldar revueltas con explosivos. Impresionante como todo este complejo subterráneo de Dios sabe cuantos kilómetros cuadrados volando por los aires.

Josh era un tipo increíble. Nada más.

Si tuviese tiempo te diría que personalmente no creo que la rebeldía sea algo genético, pero claro, yo siempre me he negado a admitir que no somos más que un conjunto de procesos biológicos y reacciones químicas. Las vivencias condicionan. La genética determina ciertas cosas. Pero siempre he pensado que somos algo más que todo eso.

No sabría decirte exactamente cuánto más, en fin; ya me entiendes. "


Bueno, pues esto es un trozo de una cosa que tengo empezada por ahí y con la que me pondré un día de estos, espero que os guste y todo eso que suele decirse.

martes, febrero 08, 2005

Hay medio segundo en que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.

Muchos viajes empiezan así.

El traqueteo, grave, bajo sus pies, el zumbido de la calefacción, las voces de los demás pasajeros, espaciados. El asiento vacío a su lado.

Las nubes más opacas estaban a su derecha, tapándole el sol. Aún así le devolvía el saludo como podía, aprovechando los trozos menos densos.

Faltaba un rato para que su ventana se pusiese interesante. Todo ese paisaje ya se lo sabía.

Aprovechó para escribir un poco.

Estaba en el tren, camino de unos amigos. De ellos y su pequeña de cuatro años, con la que pasearía por la ciudad mientras ella se escondía detrás de su chaqueta y él fingía buscarla.

Camino de las risas, de las buenas conversaciones, de los libros, de un poco de vida en un espacio distinto durante tres días.

Iba, en definitiva, a disfrutar de una calidad humana que, vivido lo vivido, sabía valorar.

Ese viaje era, de algún modo, un punto y aparte.

Consolidar unas cosas y dar otras por perdidas. Esos puntos cierran un párrafo y, de no ser finales, nos dicen que algo viene después.

Pensaba en todo esto cuando el sol empezó a saludar más fuerte.

Lo iba consiguiendo, no iba a ganar, claro, esas nubes eran bastante feas. Aún así luchaba, porque eso es lo que hace.

Aunque te lo tapen sigue estando ahí.

Eso le gustaba.

A la voz que acababa de anunciar la primera parada no le hubiese venido mal un poco de café. De hecho, perdió unos segundos decidiendo qué le gustaba menos, si el ruido que se escuchaba justo antes de que hablase o la voz en sí.

Al final lo dejó en tablas y se dedicó un rato a mirar por la ventana.

Esa parte ya no se la sabía.

Los graffiti que imaginaba eran bastante mejores que todo eso que ensuciaba las paredes por las que iba paseando su mirada. Bastante mejores.

Demasiada cantidad y poca calidad, pensó, como las personas.

Tomó nota de ello.

En su cuaderno.

Acomodado ya en su situación de viajero recordó que no había desayunado.

La idea de desayunar en un tren se le antojó divertida, y como le encantaba divertirse, se lanzó a ello.

Cruzó un par de vagones y llegó a la cafetería.

Pidió un café con leche y preguntó a la camarera si su parada era la última o si tenía que estar atento, por aquello de dormir tranquilo, le dijo.
Ella le informó de que era la última y él le dio las gracias. Se quedó un rato en la barra disfrutando del café y mirándolo todo como solía hacer cuando no estaba haciendo nada especial.

Llegó una mujer y preguntó a la camarera, auténtica equilibrista no reconocida, si desde su parada de destino había muchos trenes hacia Dios sabe dónde.
La camarera no parecía estar muy segura. Aún así, apoyándose en la lógica, argumentó a favor de lo normal que sería que sí los hubiese.

Él dio un sorbo a su café y dijo:

Todo dependerá de la urgencia de su viaje.

La mujer se acercó y le miro con una media sonrisa, esperando escuchar el resto de su explicación.
Así que continuó:
Si es muy urgente tendrá pocos y saldrán tarde. Si no es urgente, tendrá todos los que quiera.

Dio otro sorbo a su café.

La mujer le sonrió y asintió. Tenía unas bonitas arrugas.
La camarera no dijo nada y siguió haciendo equilibrios, tratando de moverse como si no estuviese en un tren. Él acabó su café y se marchó

Cuando volvió a su asiento hubo otra parada y pudo disfrutar, de nuevo, de ese medio segundo en el que no sabrías decir si es el mundo o el tren lo que se está moviendo.

Es un momento en que las cosas parecen ser como no son.

Esos instantes definen la realidad por oposición a ésta.

Escribía sobre todo eso cuando el padre del niño que se sentaba unas cuantas butacas detrás dijo:

Mira, el mar.

Aunque no se lo dijo a él, decidió que no estaría mal pegarle un vistazo, así que volvió a mirar por la ventana.

Le gustaba el mar y había que reconocer que esa parte tenía muy buena pinta. El problema está en que siempre se acordaba de la vez que lo vio desde el aire, con toda esa mancha marrón en la costa. Nadie lo diría, visto desde la ventana.

Momentos en los que las cosas parecen ser como no son.

Hubo otra parada enseguida.

Se fijó en que el sol, contra todo pronóstico, había vencido.

Ni rastro de nubes.

Las había dejado atrás.

Empezó a notar el café. Le había sentado bastante bien. Sólo había dormido dos horas y media.

El motivo fue una conversación de esas que guardaba como si fuesen oro. El oro del alma. Pensó unos segundos en todo lo que dijo y en todo lo que escuchó y afirmó para sí mismo que había valido la pena dormir poco.

Quizá algún día se lo dijese a ella.

La falta de sueño le daba una ligera sensación de irrealidad que le vino bien para su primer día de viaje. Iban a ser tres, tres de los buenos.

Lo fueron.

A fin de cuentas, esto era sólo el tren.

Lo bueno empezaría después, así que le pegó otro buen vistazo al mar.

Fue entonces cuando una niña decidió saludar a un avión, bien fuerte, para que los de arriba la escuchasen.

Él Sonrió.

Ya estaba llegando.

lunes, enero 10, 2005

Los Quierópidos son unos pequeños homínidos de cabeza grande, vocabulario limitado y piernas cortas. Poseen una tendencia irrefrenable a la ambición momentánea, fruto del estímulo visual, cualquiera sea éste. En especial, muestran interés por cualquier cosa que vean poseída por otro Quierópido.

Como característica principal, y coincidiendo con los Marquímodos, no consiguen los objetos de su deseo por sí mismos, sino que actúan sobre sus progenitores para que estos satisfagan la petición.

No obstante, a diferencia de los Marquímodos, que exigen que los medios para conseguir el objeto del deseo sean suministrados, el Quierópido exige que sea el progenitor quien lo consiga de forma directa.

Si el progenitor no satisface con prontitud el deseo expresado el Quierópido entra en fase de llanto, seguida de rabia y, en algunos casos, revolcones por el suelo con pataleo y emisión de gritos sobreagudos.

Pueden hacer esto durante horas sin cansarse.

Algunos han desarrollado la habilidad de llorar, moquear, ponerse rojos, sudar y hacerse caca, al mismo tiempo.

La mayoría de estos Quierópidos acaba evolucionando hacia Marquímodos.

Existe una variante más silenciosa y estable del Quierópido, pero tiende a hacer preguntas inquietantes tales como: Mamá, ¿Qué es sagrado?

Se recomienda precaución.

domingo, diciembre 19, 2004

Lo hice y fue fácil.
Tanto como quitarse los zapatos, los calcetines y ponerse a ello.
En medio de la ciudad, a las seis de la madrugada.
Cinco personas caminando, descalzas, en aquella noche más bien fría.
Recuperando lo que nunca se debía haber perdido; el contacto con uno mismo.
Esto es muy real, dice una de ellas.

Sonrío al escucharla.

Lo es. Más que cualquier cosa que puedas comprar.
Tus pies desnudos sobre el suelo que te sujeta.
Todo lo que no sabes que has perdido se recupera durante ese paseo de veinte minutos.
Pequeños gestos que dan sentido a ese algo indefinido dentro de ti.
La parte que jamás se rinde.
Tú.

domingo, diciembre 12, 2004

Llevo una pulsera en la muñeca izquierda.

Esta es la historia de cómo y por qué la llevo.

Hace una semana la vi en el videoclub. Los fines de semana trabajo en uno, es mi recreo, mi Fiesta De La Desconexión Universal ™, el trabajo mecánico que me permite poner mis cosas en orden y establecer prioridades.

Mi digestión semanal de vida.

Se acercó a mí y me sonrió de una forma infantil y sincera, una gran sonrisa saliendo del corazón.
La segunda vez que la vi pensé que quizá, a veces, su corazón se cansará de sonreír y recibir tan poco a cambio.

Hola, dijo, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia.

Sus dos trenzas le daban un aire jovial, movía levemente la cabeza de un lado a otro mientras sujetaba la caja de cartón entre sus manos.

Entonces miró mis ojos.
Dentro de mis ojos.

¿Eres español?, me preguntó.
Miré dentro de sus ojos y le contesté que sí.

Me gusta mirar y ser mirado de esa forma porque no siempre se puede, no con todo el mundo.

Ladeó un poco la cabeza y frunció el ceño, sin perder la sonrisa.
¿Español, español?, insistió.
Sí, sonreí.

Se lo pensó durante unos instantes y afirmó:
Español raro.

Charlamos brevemente, me enseñó las cosas que llevaba y no le compré nada.

Hoy la volví a ver, entró en el bar donde suelo disfrutar de los periódicos que me cuentan cómo nos vamos volviendo locos, los unos y los otros.

Lo primero que escuché fue su voz.

Siempre estoy en un rincón, me gusta tener una perspectiva completa del sitio en que me encuentro. Los rincones la dan, no lo olvides.

Observé sus gestos, su sonrisa, cómo sacaba lo mejor de ella y lo regalaba a la persona que tenía delante.

Hola, soy una chica rusa que está vendiendo cosas de Rusia
La mirada limpia, azul.

Llegó a mi mesa y le saludé.
Hola de nuevo, ¿cómo te va desde la última vez?
Se sentó a mi lado y me miró, de nuevo, dentro de los ojos.
Te conozco, dijo sonriendo, tratando de recordar.
Español raro, dije yo.
Sí, afirmó dando una dosis extra de brillo a su sonrisa.

A su mirada, no son sus dientes, es su mirada; sonríe con ella.

Unos días más suerte, otros días menos, me contó.
Sentados así, cerca, pude ver todo lo que ocultaba su sonrisa; supe de las penas y de las decisiones difíciles escritas en las pequeñas, casi imperceptibles, arrugas de sus ojos.

Hay heridas que sólo los heridos reconocen en los demás.

Y le compré algo, y cuando se marchó nos despedimos con la mano, como si fuésemos amigos y le deseé sin palabras toda la suerte del mundo, para cada uno de sus días.

Y por eso llevo una pulsera en la muñeca izquierda.

viernes, diciembre 03, 2004

Algunas historias no empiezan en el principio.
Todo es un inmenso prólogo, hasta que pasa algo y, entonces, empieza de verdad.

Tienes muchas interpretaciones, muchos posibles mensajes, muchos temas que podrían ser el centro, elige cuál es el más importante para ti y descarta el resto.
Decide de qué habla tu vida.

Después, cuéntalo.

Tienes que saber de qué habla tu historia para poderla contar.
Qué dice cada una de las risas, cada una de las lágrimas, cada uno de los besos, cada una de las pérdidas. Cada una de las cosas que tuviste que pasar.

Si no tienes eso no tienes nada, y si no tienes nada no tienes historia.
Eso te convierte en personaje secundario, una nota a pie de página.

Coge pequeñas partes de tu vida y cuéntalas de otra forma, cámbialas y hazlas irreconocibles. No importa el disfraz que uses.
Importa que aprendas a reconocer la esencia.
Tu Historia.

Encuentra el argumento principal, observa al personaje y sus cambios, entiende cómo se desarrolla la trama, cómo le afecta, cómo es afectada por él y cuéntalo.
Se honesto.

Conócete y desnúdate sobre el papel.

¿De qué habla tu vida?

Mi vida habla de un niño que nunca lo fue y que aun así lo fue más que otros.
Habla de personas buenas y malas a partes iguales.
Habla de Amor, de cómo te cambia, de cómo te mata y de cómo te resucita.
Habla de aprender a escuchar lo que la gente no dice.
Habla de decisiones que cambian tu rumbo.
Habla de ti, de mí, y de todos los que se atreven a ser distintos.
Habla de luchar sabiendo que no puedes ganar.
Habla de aprender a perder lo que más quieres.
Habla de existir. De ser consciente de ello y convertirlo en el centro de todo.

Pregúntate y contesta:

¿De qué habla tu vida?

viernes, noviembre 26, 2004

Enterémonos de una vez, que ya va siendo hora:

El sexo es una demostración física del sentimiento; la pasión del alma. Eso y el mejor Juego Sagrado al que dos pueden jugar.

Me parece una vergonzosa incongruencia que, los mismos tipos que nos piden que superemos nuestras limitaciones físicas y seamos espíritu, pongan el grito en el cielo cuando un sector de la población lo consigue.

Aquella persona capaz de amar a otra, con todo su corazón y con todo su cuerpo, sin necesitar que ésta sea del sexo contrario, tal y como dicta la genética y las necesidades reproductivas de la especie, tiene todos mis respetos.

No me parece tan mala idea que nos enamoremos de las personas, y no de los atributos sexuales y de las expectativas de reproducción.

Y esto último es más común de lo que realmente quieres saber, por aquello de seguir durmiendo tranquilo.
Un poco de antropología básica te dirá por qué te gustan tanto ciertos aspectos del sexo contrario y verás hasta que punto todo está ligado a la genética. A la carne.

Me parece más humano, sano y natural desde el punto de vista del Alma, no desde el punto de vista biológico -por razones obvias- que alguien ame a alguien por ser quien es y que practique el sexo con esa persona como lo que es, un juego entre dos, una forma de conversación donde la carne y el espíritu tienen la posibilidad de comulgar, compartirse y contarse su historia.

Independientemente de que esa persona sea o no sea del sexo contrario.

Claro que ahí mis amigos de la sotana siempre han estado envueltos en contradicción.

O bueno, no siempre, sólo desde que algún Santo con problemas para echar un casquete decidió que si él no follaba, el resto tampoco. Decidió también que Jesús seguramente tampoco lo habría hecho, cosa que dudo bastante viendo la naturaleza abierta y carente de prejuicios del personaje en cuestión. Por mucho que, en un acto de soberbia imperdonable, La Curia haya ido modificando la imagen de Jesús para acercarla a la que ellos tienen de sí mismos, la naturaleza noble y natural para con las cosas del sujeto en cuestión sigue siendo transparente leyendo Los Evangelios, pese a lo mucho que los hayan reescrito y mutilado.

Que cuando los curas follaban las cosas les iban mejor no es ningún secreto.

Han gastado demasiada energía en prohibir algo sano, natural y -esta es la parte que les preocupa- liberador. Están, desde el punto de vista psicológico, obsesionados con el tema.

Es una de las patologías básicas de la represión, consulta tu manual.

Me sorprende que lleven siglos apelando a la necesidad de sobreponernos a nuestros instintos carnales y que no se lo hayan planteado.

Este punto de vista, digo.

A fin de cuentas, la heterosexualidad, tiene una base genética y un fin reproductivo.
Viene de la carne. Los tipos de la sotana llevan siglos diciéndonos que hay que sobreponerse a ella y aprender a vivir en el espíritu.
Y sin embargo demonizan que un hombre ame a otro hombre o que una mujer ame a otra mujer sin pararse a pensar que, quizá, esas personas están por encima de esas limitaciones físicas, de esos dictados genéticos.

Que ellos no están buscando excusas sentimentales para justificar impulsos escritos en su ADN.

Tanto hablar de trascender la carne y no se les ha ocurrido considerar la homosexualidad como forma de hacerlo.

O, por lo menos, no en público.

lunes, noviembre 22, 2004

18-11-04


Fue hace un año, en una madrugada igual que esta.

Elisabet dormía a mi lado. No era mi novia, pero dormía a mi lado. No lo entenderás si no lo has vivido, así que no le des importancia.

Dormíamos juntos, y mi teléfono sonó.

Dani, en la otra habitación, se incorporaba un poco para escuchar qué ocurría.
Ernesto, el hombre que se casó con mi madre, el hombre que supo sacar lo mejor que esa difícil mujer tenía en su interior, me hablaba desde el otro lado. Mi madre había muerto.

Recuerdo que hacía frío.

Lo recuerdo en mis mejillas, cuando caminábamos hacia mi casa, no la casa en la que vivo, mi casa; la casa de mi madre. Hacía frío, sí, y me daba igual.

Recuerdo el llanto silencioso de Elisabet, cómo se abrazaba a Dani mientras caminábamos.
Él trataba de permanecer firme, aunque todo en su expresión anunciaba estar viviendo algo irreal.

Recuerdo despedirme de Elisabet, en su patio. Aún no vivíamos juntos. Una cosa fría y dura disfrazada de hombre despidiéndose de ella. Recuerdo la pena que me dieron sus lágrimas. Por mí, lloraba por mí. Después me dio un tiempo perfecto que curó todas mis heridas.
Equilibrio.

No sé qué pretende el Universo con todo esto, dije.
Y los dos bajaron la cabeza y Dani apretó la mandíbula y Elisabet tragó pena con los ojos cerrados.
Sólo tengo veintisiete años, dije, sólo veintisiete.
Lágrimas en mis ojos.

Sin padre, sin madre, sin mentiras que me den aliento, sin nada de lo que tú puedes usar para seguir diciéndote que todo está bien, que todo encaja, que tiene sentido. Despierto. Te lo estoy contando, aunque sé que no lo puedes entender, pero nunca podrás decir que no te lo he contado.

Llegué a la casa y estaba abierta.
Los dos policías de la entrada me vieron, ni siquiera les saludé, tan sólo les miré a los ojos y bajaron la mirada.
Entré a la habitación y estaba allí, muerta. Esa cosita frágil que había sido mi madre.

Tan pequeña, pensé, es tan pequeña…

Muerte. Todos, tarde o temprano, acabamos así.
Sin un final no tendríamos sentido.

Me acerqué a ella y Dani me miró desde el umbral. Podía escuchar la estática de sus pensamientos, y la de los policías, y la de Ernesto, y la de los médicos.
Mi conciencia abarcaba una manzana entera y no me importó, por primera vez, no ser como todos. Me daba igual. Empezó a darme igual ese día.

La besé.

En la frente, un pequeño beso mientras acariciaba su cabeza.
Está todo perdonado, dije.

Y lo estaba.

Sentí el tacto de su pelo por última vez, entre mis dedos. No había nada ahí dentro esperándome para decir adiós.

Eso es lo que queda.

En el crematorio, tras la ceremonia, di mi primer paso. El primero de verdad.
Aún retumbo con él. En esta historia hay muchas cosas mezcladas.

Recuerdo estar cansado aquel día y apoyar mi cabeza en el hombro de Elisabet.
Las miradas de aprobación cuando cogió mi mano. La flor que nace en el desierto.

Algunas personas son arcoiris en medio de las tormentas que te lo arrancan todo.

La noche anterior cogió mis manos y apoyó su frente en la mía. Por primera vez en meses, no me sentí solo. Ese momento es otra de las muescas que llevo en el alma.
Las lágrimas de Elisabet se convirtieron, con el tiempo, en uno de los motivos para amarla. Su forma de curar mis heridas, su honestidad.

Lo que no podré volver a vivir, lo viví con ella.

Se ha ido a su país sin poderle agradecer todo lo que hizo por mí, sin poderle llegar a explicar lo importante que fue que estuviese allí; en ese momento que no se repetirá jamás. Lo he intentado, pero sé que nunca seré tan bueno con las palabras como para hacérselo entender.

Aún así sigo probando, día tras día.
Creo que se lo merece.

Ernesto se derrumbó, sé que yo estaba a punto de conseguirlo, iba a llorar, a llorar de verdad, iba a llorar tanto que no quedaría nada de mí que no fuese pena. Podría haber partido el planeta por la mitad con una sola lágrima, pero Ernesto se derrumbó y mi pena se convirtió en dos brazos sujetándolo. Un joven anciano sujetando a un anciano joven. De nuevo la ironía.

Ahora, aquí, solo, con Elisabet a miles de kilómetros y nuestro tiempo perfecto concluido, con Dani viviendo su vida, con mi tregua con el Caos rota, con todas esas personas ahí fuera durmiendo tranquilas, con algunos amigos menos, con todo eso, sonrío al chico cansado que se mira en el espejo, ese que ya casi me cae bien, y le digo que así es la vida, que no se preocupe, que aunque hoy hace un año, estoy bien.

Y como una especie de gesto noble entre iguales, antes de irse a dormir, me guiña un ojo y yo, educado, le devuelvo el guiño.